Posbarroquismo
A comienzos del siglo, predomina una literatura heredada de la tradición barroca pero agotada en su sentido y forma.

En la poesía


Los poetas imitan a Góngora pero carecen de su genio creador. Aparece el Rococó, un barroco menor, refinado, elitista y sensual que se sitúa entre el Barroco y el Neoclasicismo. El rococó es una tendencia que se detecta en el arte europeo de mediados y finales del siglo XVIII. Es un estilo jovial, galante y florido que se distingue del barroco por las siguientes características: tendencia a la intimidad, libertad, gracia, ligereza, afán lúdico, gusto por lo bello…
Esta modalidad poética se refleja en casi todos los poetas españoles que figuran en la época entre el final de la edad barroca y el pleno desarrollo de la Ilustración y la poesía neoclásica, es decir, en aquella época que cubre más o menos el reinado de Carlos III (1759-1788) y los primeros años del reinado de Carlos IV (1788-1808).
Es una poesía sensualista, delicada, sugestivamente erótica y juguetona que caracteriza una parte de la producción poética de autores como Nicolás Fernández de Moratín, José Cadalso y, sobre todo, Juan Meléndez Valdés.
El rococó trajo consigo la ascendencia de lo femenino. El mundo pastoril clásico o renacentista, con su amor platónico y no correspondido, se transforma ahora en un mundo de amor libre y francamente sensual. Por eso, se puede decir que el rococó poético y pictórico del siglo XVIII es la degradación del ideal cristiano del Renacimiento.



En la prosa: Torres de Villarroel




En el teatro
Encontramos comedias puramente continuistas del teatro barroco, ya que muchos dramaturgos dieciochescos se limitan a repetir el modelo de Lope y Calderón pero sin su ingenio, habilidad y originalidad. Destacan fundamentalmente dos géneros:
Comedias heroicas: el gusto popular por lo asombroso explica igualmente el desarrollo de la comedia heroica.

Comedias de magia:
La comedias de magia son un género literario dramático propio de la decadencia del teatro barroco; fueron el género más popular, sobre todo entre el pueblo, del teatro del siglo XVIII y buena parte del XIX a causa de su espectacularidad (en ellas abundaban los recursos escenográficos que hoy llamaríamos "efectos especiales") y su fantasía, pero generalmente detestadas por los escritores neoclásicos como representación de todo lo que rechazaban en el terreno de la preceptiva y la moralidad. Se desarrollan en lugares exóticos y tratan temas que explotan la sensiblería que los ilustrados pretendían acallar; hacen un gran uso de la tramoya y de los efectos escenográficos llamados transformaciones, mutaciones, vuelos y desapariciones, efectos que tenían un protagonismo casi absoluto. Había encantos, duendes, diablos, enanos que se convertían en gigantes. Por más que el género fue objeto de la ironía y el desprecio de los neoclásicos, que veían en él todas las exageraciones de un posbarroquismo mal asimilado, el público respaldaba con entusiasmo este tipo de comedias.

Algunos de los autores más representativos que cultivaron la comedia de magia, en el siglo XVIII, fueron:

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- Antonio de Zamora con su obra El hechizado por fuerza.
- Pedro Vayalarde Laviano con El mágico Fineo.
- Juan Salvo y Vela con las cinco partes de su obra El mágico de Salermo.
- Antonio Valladares de Sotomayor con El mágico de Astracán.